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San Pedro Nolasco

SAN PEDRO NOLASCO

 

Hoy es su día, su Fiesta... y nosotros, los mercedarios y mercedarias, lo celebramos.

No podemos menos que celebrarlo pues a él nos debemos y desde él, nuestro fundador, nos sentimos familia llamada a propiciar la libertad de los hombres y mujeres esclavos de todo tipo de ataduras.

Hoy, su día, queremos romper cadenas y soltar amarras en este nuestro mundo y en este momento concreto.

Se os invita a todos a participar de la libertad propuesta por la Merced, obra creada por el Santo que hoy celebramos: Pedro Nolasco.

 

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San Pedro Nolasco nació hacia 1189. Como fundador de la Orden mercedaria, tuvo la satisfacción de verla aprobada provisionalmente por el Papa Honorio III en 1225, y por Gregorio IX en 1230. Fue canonizado por Urbano VIII en 1628, celebrándose su  fiesta el día  6  de  Mayo.

Hacia el segundo decenio del siglo XIII aparece viviendo en Barcelona  donde se entrega muy pronto a la piadosa empresa de organizar una especie de cofradía consagrada al ideal de la redención de cautivos de la morisma. Suele afirmarse que había nacido unos veinte años antes, de padres nobles, en el Mediodía de Francia, en una finca que habitaban cerca de Carcasonne, y que vino a Cataluña al quedar huérfano, obedeciendo seguramente su inmigración al hecho de ser albigenses algunos de sus familiares y a la repugnancia que le causaba la herejía tan lamentablemente extendida a la sazón en su país. Sin embargo, también hay quien afirma, con argumentos sólidos, que era natural de Barcelona, nacido en el seno de una de las ricas familias procedentes de tierra francesa establecidas en el llano del Norte de la ciudad, cobijado desde entonces por el patronazgo de San Martín de Tours y llamado por ende de Saint Martí deis Proveiçals.

Formado religiosamente en un monasterio cisterciense francés, o en Cataluña según las diversas hipótesis de los biógrafos, la vida del joven Nolasco discurría auxiliando a pobres y enfermos,  asistiéndolos personalmente en el hospital de Santa Eulalia.

Poco a poco fue conociendo  la tragedia de los cautivos cristianos y su magnitud pues era  testigo del duelo de las madres que lloraban a sus hijos prisioneros y oía contar historias de sufrimientos,  torturas  y, también, de apostasías, siendo por ello que no cesaba de acariciar una idea que se convirtió en aspiración obsesionante: la de consagrarse a la liberación de cautivos no tardando en buscar colaboradores que le acompañasen en sus entusiasmos. Un buen puñado de piadosos varones, algunos ricos y nobles, se pusieron a sus órdenes y desde entonces se dedicó cada día en mayor medida a la realización de su empresa redentora.

Muy pronto, pasando de los proyectos a las obras, organizó diversas escaramuzas en tierras de moros, para librar cuantos prisioneros fuese posible. Armando barcos, con la cooperación pecuniaria o personal de sus compañeros, fue a Mallorca, Valencia y Murcia logrando que centenares de cristianos recobrasen la libertad deseada.

Agotada la fortuna personal  tuvo que preguntarse cómo iba a ser posible continuar su cruzada liberadora. Puesto bajo la protección de la Reina del Cielo, la Madre le trajo el gran socorro pues el día 1º de agosto de 1218, festividad de San Pedro prisionero, se le apareció y le manifestó que sería muy del agrado de su Hijo y suyo propio que fundase una Orden religiosa con el título de Nuestra Señora de la Merced para la redención de cautivos, prometiéndole su asistencia.

Persuadido de la voluntad de Dios acudió a consultar a  Raimundo de Peñafort, el cual recibió con emoción y sumo interés la noticia que le daba y desde aquel día  hizo como cosa suya la Orden, por lo que se le considera justificadamente su segundo fundador. Obtenido tan importante beneplácito, fue  a visitar al Rey Jaime 1 el Conquistador, que le recibió con no menor afecto, hasta el punto que inmediatamente dio las órdenes oportunas para su satisfacción.

El Obispo de la Diócesis, Berenguer de Palou, vistió el hábito y el escapulario de la nueva Orden a Nolasco y compañeros, aceptando de ellos los tres votos ordinarios y un cuarto voto especial, por el cual se obligaban, no solamente a buscar limosnas para la redención de cautivos, sino también a quedarse prisioneros por el rescate de los otros cuando fuere necesario y Jaime I en persona acompañó a los investidos a su Palacio, del cual les cedió una parte para que instalasen su primer convento.

No pasó mucho tiempo sin que fuese preciso hacer un convento nuevo pues fueron muchos los que solicitaron el ingreso en la orden siendo  algunos pertenecientes a la nobleza más ilustre. Entonces se determinó establecerlo en el paraje en que están hoy la Basílica de la Merced y la Capitanía General de Cataluña no pasando mucho tiempo en ver ampliada su familia religiosa con otras Casas, en muchas poblaciones catalanas y aragonesas.

La primera expedición organizada por el Santo como dirigente de la Orden fue hacia el reino de Valencia, ocupado todavía por los sarracenos. Poniéndose personalmente al frente de la misma y empleando los métodos previstos, liberó a muchos cristianos. A otros tantos, asimismo, en una segunda incursión, en el reino de Granada.

Una vez llevadas a cabo  las conquistas de Valencia, Mallorca y Murcia por el Rey Don Jaime, ya no hubo problema de redenciones pasando en ellas a la fundación de conventos mercedarios, por voluntad del mismo Rey, para que sirvieran de focos de irradiación espiritual y del impulso liberador que no había cesado la Orden. Más adelante pasó Nolasco con algunos de sus frailes a Berbería donde fue encerrado en mazmorra, cargado de cadenas, tratado con crueldad y repetidamente puesto en peligro de muerte consiguiendo con todo ello liberar cautivos en número muy considerable.

Poco tiempo más tarde, reunió el Santo a sus religiosos para anunciarles su dimisión del cargo de Padre general y su propósito de vivir el resto de su vida como simple fraile; pero ninguno aceptó la renuncia, y lo más que logró fue que eligiesen un Vicario, en el cual resignó todo lo honorífico, reservándose para sí únicamente el cuidado de distribuir las caridades.

     Hombre de extraordinaria humildad firmaba las cartas «Pedro Nolasco, siervo inútil e indigno» o, también, «Pedro Nolasco, desecho del mundo» pues consideraba que la firma debía expresar lo que somos y que él se calificaba tal como juzgaba ser.

En su última enfermedad sufrió largos y dolorosos padecimientos. Sintiendo que se acercaba su hora, reunió a los religiosos de la Casa, recibió los Sacramentos  y se entregó después a la más alta contemplación. Falleció en la Nochebuena de 1256.