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San Pedro Pascual

 

SAN PEDRO PASCUAL

 

 

OBISPO  Y  MÁRTIR

 

 

          Una conocida familia de Valencia, que contaba entre sus ascendientes cinco que habían derramado su sangre por la Religión, empleaba la mayor parte de sus rentas en mantener el convento del Santo Sepulcro de la ciudad, siendo su casa refugio de necesitados y  hospedería de los religiosos que venían a redimir cautivos, particularmente de Pedro Nolasco  santo fundador de la Orden de la Merced. Viendo éste que sus bienhechores no tenían hijos, su­plicó al Señor que les diese sucesión concediéndoles un heredero. Fueron oídas sus oraciones y en el año 1227 tuvieron uno a quien pusieron  por nombre Pedro por devoción al fun­dador.

          San Pedro Nolasco, presentó la familia al rey D. Jaime y éste dispuso que los padres  enviasen al chico a estudiar a París con el venerable doctor Pedro Aymillo. El Obispo de París, admirado de su santidad  y talento, le confirió los sagrados órdenes y le mandó que predicase el Evangelio en toda la extensión de su obispado.

          Al morir sus padres, dió poder a San Pedro Nolasco para que, dividida en tres partes su hacienda, la repartiese entre huérfanos, encarcelados y cautivos, vistiendo a continuación el hábito de la  Orden de la Mer­ced, en el convento de Valencia, en el año 1250.

          Posteriormente viajó a Barcelona llamado por San Pedro Nolas­co al que acompañó en viaje a Toledo. Vuelto a Barcelona estudió teología, y recibió del rey D. Jaime el encargo de la educación de su hijo el infante D. Sancho, que había abrazado el estado eclesiástico, pero al cabo, cuando este tomó el hábito de la Merced, quedó libre de su compromiso nuestro Santo, y tuvo tiempo para ir a hacer una redención de cautivos cristianos en Granada, con ayuda de los reyes de Castilla, saliendo de ella hacia Toledo  donde pre­dicó y fue muy es­timado del Arzobis­po D. Domingo Pas­cual.

         Muerto éste, fue nombrado Arzobispo de Toledo D. Sancho quien pidió al Papa Urbano IV hiciese obispo titu­lar de Granada a su maestro para que, en su nombre, go­bernase el arzobispado y ejerciese el oficio de pastor consagrándose el año 1262. En este tiempo fundó el convento de Santa Catalina. En el año 1275, mataron al infante y, quedando nuestro Santo libre del gobierno de aquella diócesis, resolvió ir a Granada para, posteriormente, hacer un viaje a Roma durante  el pontificado de Nicolás IV que, tras conocerle, quiso que predicase en las iglesias de San Pedro y de Santa María la Mayor para,  a continuación, nombrarle legado suyo ante los reyes de Francia y España, encargándole que por el camino fuese predi­cando la cruzada que se había publicado contra los infieles.

        Estando todavía en Francia fue promovido al obispado de Jaén, con aprobación del Papa Bonifacio VIII, pero en el año 1297  se propuso hacer otro viaje a Granada donde, por más que le advirtieron del peligro a que se exponía, se dedicó a la conversión de  moros siendo calificado esto como delito de estado. Arrestado y encarcelado, llegó a Jaén la noticia y al instante le enviaron una gran suma de dinero para su rescate pero, en lugar de emplearla en recobrar su libertad,  la empleó en conseguir la de unos pobres cautivos.    Compuso en su prisión admirables tratados y escribió la Biblia pequeña  pero, incitado, el pueblo acudió tumultuariamente al palacio del Rey pi­diendo la cabeza del santo misionero. El Príncipe estimaba al Santo pero temiendo una sedición le sentenció a que le cortasen la cabeza. Al recibir la noticia le acometió de repente un gran temor pero se le apareció Jesucristo quien le dijo estas palabras: Pedro, no te asustes porque la naturaleza haga su oficio. Yo mismo estuve triste hasta la muerte la noche antes de mi pasión, y por tu amor padecí aquella amarga agonía. Inmediatamente cesaron  los temores y al amanecer celebró el santo sacrificio de la Misa. Apenas se había postrado en tierra para dar gracias, cuando entraron los bárbaros y le cortaron la cabeza a  golpe de cimitarra. Así consumó su sacrificio este gran Santo el día 6 de Enero de 1300, a los setenta y tres años de  edad.

         Apenas llegó a Jaén la noticia, hicieron poner su imagen sobre la puerta de la capilla del alcázar, dedicada desde su conquista a la Virgen de las Mercedes por el santo rey Don Fernando. Los Reyes Católicos, una vez que conquistaron la ciudad de Granada, con consulta del venerable arzobispo Fr. Hernando de Ta­lavera, edificaron un templo en el lugar del martirio. El Rvdo. P. José Sánchez, que era General de la Merced por los años de 1670, y después obispo de Segorbe, obtuvo del Papa Clemente la confirmación del culto público que se daba a nuestro Santo. El 28 de Junio de 1673, a instancia del Gene­ral Pedro de Salazar, concedió a la Orden de Nuestra Señora de la Merced que celebrase fiesta con Misa y rezo propio de mártir. Él mismo concedió la extensión de su culto a las Iglesias de Granada, Valencia y Jaén y, posteriormente, a la de To­ledo.

         Con el tiempo fue trasladado el cuerpo a Baeza donde continúa Dios honrando las sagradas reliquias con gran nú­mero de milagros. Dado que la muerte del santo sucedió el día 6 de Enero, en que se celebra la fiesta de la Epifanía, el Papa Clemente X fijó la de San Pedro Pascual el día 24 de Octubre, en que se hizo la traslación de sus reliquias.