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EVANGELIO DEL DOMINGO

 

Evangelio del domingo

4º Domingo de Pascua - Ciclo B

San Juan (10,11-18)

 

EVANGELIO

 

 

  En aquel tiempo, dijo Jesús: Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. 

 Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

 Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

 Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.

 

REFLEXIÓN

 

 

 

 Para los primeros creyentes, Jesús no es sólo un pastor, sino el verdadero y auténtico pastor. El único líder capaz de orientar y dar verdadera vida a los hombres.

  

 Esta fe en Jesús como el verdadero pastor y guía del hombre adquiere una actualidad nueva en una sociedad masificada como la nuestra, donde la persona corre el riesgo de perder su propia identidad y quedar aturdida ante tantas voces y reclamos.

 

 La publicidad y los medios de comunicación social imponen al individuo no sólo los pantalones que debe vestir, la bebida que debe tomar o la canción que debe tararear. Se nos impone también los hábitos, las costumbres, las ideas, los valores, el estilo de vida y la conducta que debemos tener.

 Los resultados son palpables. Son muchas las víctimas de esta sociedad. Personas que viven según la moda. Gentes que ya no actúan por propia iniciativa. Hombres y mujeres que buscan su pequeña felicidad, esforzándose por tener aquellos objetos, ideas y conductas que se les dicta desde fuera.

 No es fácil ser libre ante tanta presión. Los diversos slogan pueden terminar por ser parte de nosotros mismos. Inconscientemente podemos ir perdiendo la propia personalidad sustituyéndola por otra personalidad estándar.

 Expuestos a tantas llamadas y presiones, se corre el riesgo de no escuchar ya la voz de la propia interioridad. Es triste ver a las personas esforzándose por vivir un estilo de vida «impuesto» desde fuera, que simboliza para ellos el bienestar y la verdadera felicidad.

 Los cristianos creemos que sólo Jesús puede ser guía definitivo del hombre. Sólo desde él podemos aprender a vivir. Precisamente, el cristiano es un hombre que desde Jesús va descubriendo día a día cuál es la manera más humana de vivir.

 Seguir a Jesús como buen pastor es asumir las actitudes fundamentales que él vivió, y esforzarnos por vivirlas hoy desde nuestra propia originalidad, prosiguiendo la tarea de construir el reino de Dios que él comenzó.

 Pero, mientras la meditación sea sustituida por la televisión, el silencio interior por el ruido, la escucha del evangelio por el último fascículo, y el seguimiento a la propia conciencia por la sumisión ciega a la moda, será difícil que escuchemos la voz del buen pastor que nos puede orientar y ayudar a vivir en medio de esta sociedad de consumo que consume a sus consumidores.

 

 

 

5º. Domingo de Pascua. Ciclo B

San Juan (15,1-8)

EVANGELIO

 

 

 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

 

REFLEXIÓN

 

 

 La fe no es una impresión o emoción del corazón. Sin duda, el creyente siente su fe, la experimenta y la disfruta, pero sería un error reducirla a sentimentalismo. La fe no es algo que depende de los sentimientos: Ya no siento nada; debo estar perdiendo la fe. Ser creyentes es una actitud responsable y razonada.

La fe no es tampoco una opinión personal. El creyente se compromete personalmente a creer en Dios, pero la fe no puede ser reducida a subjetivismo: Yo tengo mis ideas y creo lo que a mí me parece. La realidad de Dios no depende de mí ni la fe cristiana es fabricación de uno. Brota de la acción de Dios en nosotros.

 La fe no es tampoco una costumbre o tradición recibida de los padres. Es bueno nacer en una familia creyente y recibir desde niño una orientación cristiana de la vida, pero sería muy pobre reducir la fe a costumbre religiosa: En mi familia siempre hemos sido muy de Iglesia. La fe es una decisión personal de cada uno.

 La fe no es tampoco una receta moral. Creer en Dios tiene sus exigencias, pero sería una equivocación reducirlo todo a moralismo: Yo respeto a todos y no hago mal a nadie. La fe es, además, amor a Dios, compromiso por un mundo más humano, esperanza de vida eterna, acción de gracias, celebración.

 La fe no es tampoco un tranquilizante. Creer en Dios es, sin duda, fuente de paz, consuelo y serenidad, pero la fe no es sólo un agarradero para los momentos críticos: Yo cuando me encuentro en apuros acudo a la Virgen. Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de manera digna y responsable.

 La fe cristiana empieza a despertarse en nosotros cuando nos encontramos con Jesús. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le atrae más. Lo dice muy bien Juan: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor.

 Esta fe crece y da frutos sólo cuando permanecemos día a día unidos a Cristo, es decir, motivados y sostenidos por su Espíritu y su Palabra: El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada.