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Mundaneidad Espiritual

 

EXAMEN DE CONCIENCIA SOBRE LA MUNDANEIDAD ESPIRITUAL

SIGUIENDO LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “EVANGELII GAUDIUM” DEL PAPA FRANCISCO

 

 

 La mundaneidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos: ¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os glorificáis unos a otros y no os preocupáis por la gloria que solo viene de Dios?. Es un modo sutil de buscar sus propios intereses y no los de Cristo Jesús. Toma muchas formas de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en que se enquista. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto.

 ¿Busco mis intereses o los intereses de Cristo? ¿Hago las cosas buscando la gloria de Dios o busco mi propia gloria y mi bienestar personal? ¿Vivo en la apariencia dando una imagen que no se corresponde con mi auténtica realidad?

 Esta mundanidad espiritual puede alimentarse especialmente de dos maneras profundamente emparentadas. Una es la fascinación del gnosticismo, una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. La otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar”.

 ¿Vivo una fe subjetivista, encerrada en mi “yo”, en mis propias experiencias y razonamientos, desvinculado de la mediación de la Iglesia? ¿Pongo el centro de mi vida espiritual en mis propias fuerzas, en una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria? ¿Caigo en posturas elitistas o autoritarias? ¿Me preocupo más de juzgar y de clasificar que de facilitar el acceso de las personas a la gracia?

 En algunos casos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia pero sin preocuparles de que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. En otros, la misma mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales o políticas o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. También puede traducirse en diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, cenas, reuniones, recepciones. O bien se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el pueblo de Dios sino la Iglesia como organización.

 ¿Me esfuerzo en integrar las diversas dimensiones del ministerio, o me centro solo en aquellos aspectos que son más acordes con mi sensibilidad pastoral? ¿Me preocupo de que el Evangelio llegue al Pueblo de Dios, que tenga una inserción real en la vida de la gente? ¿El estilo de mi ministerio se asemeja al de Jesucristo, Buen Pastor, o es más bien el estilo de un gestor empresarial, un asistente social, un funcionario? ¿Cultivo una auténtica vida interior yendo a las genuinas fuentes de la espiritualidad cristiana, o vivo una espiritualidad de corte psicologicista basada en dinámicas de autoayuda?

 

 Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien.

 ¿Me dedico a juzgar todo y a todos desde mi punto de vista? ¿Me gusta destacar los errores ajenos? ¿Caigo en el pecado del ”habriaqueismo” (creer que uno tiene la clave para todo: “esto es lo que habría que hacer”)? ¿Reacciono mal ante los que me cuestionan o corrigen? ¿Vivo en un auténtico dinamismo de conversión, dispuesto a reconocer mi propio pecado? ¿Estoy abierto al perdón?

 La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica. Además, algunos dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia por alimentar un espíritu de «internas». Más que pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversidad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente o especial.(…)  ¡Atención a la tentación de la envidia! ¡Estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto! Pidamos la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos.

 ¿Me dejo seducir por los ídolos del poder, del prestigio, del placer, del poseer? ¿Vivo cordialmente mi pertenencia a la Iglesia? ¿Sé valorar su rica diversidad? ¿Vivo la pertenencia a mi grupo o comunidad en rivalidad con otros grupos? ¿Me alegro de los frutos ajenos, o me dejo llevar por la envidia, entristeciéndome del bien y de los éxitos ajenos?

 Si los hombres ven el testimonio de comunidades auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre una luz que atrae. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas.

 Dentro de la comunidad parroquial, del Arciprestazgo, del Presbiterio, de la Diócesis, ¿intento ser fuente de comunión? ¿O, más bien, fomento las divisiones, críticas, habladurías, celos…? En el trabajo pastoral, ¿trato de caminar en comunión con los criterios diocesanos y arciprestales? ¿Busco imponer mis ideas a cualquier coste?

 Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien. Y también: ¡No nos cansemos de hacer el bien!. Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos digamos al Señor: Señor, yo estoy enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por ella. Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador”.

 En mi vida y ministerio, ¿me dejo afectar en exceso por simpatías y antipatías personales? ¿Me esfuerzo en perdonar de corazón a los que me han ofendido? ¿Soy capaz de rezar por aquellas personas con las que me he enemistado?